21 April 2014

El Descendimiento...Van Der Weyden








Pintado al óleo sobre tabla hacia 1436 para el gremio de los ballesteros de Lovaina, fue concebido como un tríptico, del que faltan ahora los paneles laterales. A pesar de esta pérdida, el amplio panel central (de 2,2 metros de ancho y 2,6 de alto) es una de las muestras más sublimes del artista.

La composición representa un tema clásico en la iconografía cristiana: el Descendimiento de Cristo y la Quinta Angustia de María. Para ello, van der Weyden muestra en el centro de la escena una cruz ya vacía, de la que se está bajando el cadáver de Jesús, sostenido por Nicodemo, José de Arimatea y un joven alzado sobre una escalera al fondo.




A la vez, se inicia el proceso de envolverlo en un blanco sudario, mientras otra figura masculina, a la derecha, muestra un frasco de ungüentos. Este lateral de la tabla se cierra con el llanto desconsolado de María Magdalena.

En el otro extremo del cuadro, la visión del cuerpo exánime de su hijo provoca el desmayo de María, cuyo cuerpo es sostenido a duras penas por San Juan y una de las santas mujeres, mientras, al fondo, la otra, reproduce los rasgos de sufrimiento de la Magdalena.






El pintor presenta estas diez figuras colocadas sobre un fondo dorado, rematado con tracerías góticas en los extremos superiores. Sin embargo, la parte inferior de la obra deja ver un atisbo de naturaleza, un suelo real en el que crecen algunas plantas.

La ordenada distribución de los personajes los dispone formando grupos: tres figuras a cada lado, dos en la parte superior y las dos imágenes centrales de Jesús y María, cuyos dos cuerpos presentan un claro alineamiento, a modo de diagonales curvadas que atraviesan la obra y dan un ritmo específico a la composición.







Es de destacar la excepcional capacidad de van der Weyden para manejar el color, con ese rojo impresionante del vestido de San Juan o ese azul desmayado del ropaje de la Virgen. También son notables los efectos de la luz o en la profundidad de cada una de las figuras, en el volumen casi escultórico que muestran, o en la minuciosidad en los pequeños detalles, como en el cabello de San Juan o en la leyenda que figura en el cinturón de la Magdalena.

Pero quizás el elemento más poderoso del cuadro son los propios rostros de los personajes, esos diez rostros que enseñan las diversas categorías del dolor humano: la muerte, la angustia, la pena, el llanto, la desesperación, la tristeza, el desasosiego o la incertidumbre. Dolor contenido en unos casos o dolor explícito en otros, manifestado en las lágrimas que brotan de algunos de los asistentes al descendimiento y en los gestos de las dos mujeres de los extremos. Dolor espiritual e incluso dolor físico. Los rostros del dolor, en definitiva.








Aparte de las diez figuras que aparecen en el cuadro, una más, de carácter simbólico, asiste a la escena. Se trata de la calavera que aparece a los pies de San Juan. La muerte, en síntesis. Pero junto a ella, brotan florecillas. Tal vez aún quede sitio para la esperanza.




 



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